Veil of Shadows: la excepción que confirma que a veces el coro sí puede cantar afinado
Hay dramas corales que son, en el fondo, una excusa para no comprometerse con nadie: se reparte el metraje como quien reparte limosna y al final no queda ni un personaje al que uno pueda seguir con devoción. Veil of Shadows debería haber caído en esa trampa. No lo hace, y ahí radica buena parte de su mérito.Empecemos por lo poco que chirría, que es agradecer el trabajo bien hecho sin regatearlo antes de repartir elogios. Joseph Zeng sigue interpretando con la flexibilidad expresiva de un gato de escayola de jardín: ya lo demostró en Feud y aquí repite ejercicio de rigidez, con la salvedad de que, en sus escenas junto a Wu Han, algo se le escapa —un parpadeo de más, una grieta— que casi podríamos confundir con emoción genuina. Casi. El hombre tiene, para su desgracia, un talento notable para parecer que está a punto de sentir algo.
Los escenarios, para qué engañarnos, cumplen sin deslumbrar: correctos, funcionales, sin la ambición artística de otras producciones del género. Donde la serie sí se juega el prestigio —y lo gana— es en la caracterización de sus personajes. El vestuario roza lo sublime, con una vaporosidad medida al milímetro, y el maquillaje y la peluquería exhiben un gusto impecable en cada aparición. Las jiǔwěihú —zorras de nueve colas— que pueblan la serie son, probablemente, las mejores que se hayan llevado jamás a la pantalla: hipnóticas de principio a fin. Y a esto hay que sumarle, para quien guste reconocerlo, un despliegue de rostros masculinos cuasi perfectos que parecen cincelados en mármol: no aporta nada al argumento, pero sostiene con dignidad los tramos en que los subtítulos —más o menos sangrantes según la plataforma en que se visione— traicionan la mitad de los diálogos a lo largo de veintinueve capítulos.
Los efectos especiales rozan esa misma elegancia sin caer en la ostentación gratuita que suele lastrar este tipo de producciones, salvo en contados momentos donde el movimiento pierde la naturalidad que el resto del nivel visual hace esperar. Las coreografías de lucha son trepidantes sin ser atropelladas: exigen rebobinar, no porque uno se haya perdido, sino porque hay demasiado detalle bien pensado como para captarlo todo a la primera. La banda sonora acompaña con la misma contundencia: los temas tipo mantra que puntúan los momentos épicos rivalizan con una partitura general que, aun ininteligible para quien no domina el mandarín, transmite con precisión quirúrgica la emoción de cada escena que ilustra.
El verdadero triunfo de la serie está en sus secundarios, esa tropa que en la mayoría de dramas corales sirve de relleno decorativo y aquí funciona como columna vertebral. No hay villanos propiamente dichos, salvo el antagonista cuyo único fin es el mal por el mal: el resto se resuelve en una elegante gama de grises que añade densidad a la trama. Ninguno es, en el fondo, un villano, sino un ser roto e incomprendido, y esa premisa sostiene emocionalmente a cada secundario, con arcos de redención que llegan justo donde eran necesarios.
Y luego está Tian Jiarui, cargando sobre unos hombros que oscilan entre lo tierno y lo imponente con el noventa por ciento del peso emocional de la serie. Su Ji Ling es, sin exagerar, de lo más dulce que ha dado la pantalla en mucho tiempo, y su gran momento de gloria —cuando la trama lo carga de un poder que no vamos a desvelar aquí— merecería sonar acompañado del "O Fortuna" de Carmina Burana. Quien reniega, como quien esto firma, de las producciones corales por su tendencia a diluir el foco narrativo, encuentra aquí una rareza: un reparto amplio que no roba protagonismo sino que lo multiplica.
El responsable de que todas estas piezas encajen es Guo Jingming, a quien se acusa —y no sin razón— de anteponer la estética a la trama, de reciclar sus tics: la lágrima que se demora antes de caer, el golpe que se ralentiza hasta el fotograma perfecto, el vestuario que se despliega por encima de lo necesario. Pecados de manual. Pero exigirle a esta serie el rigor de un ejercicio de cine de autor sería tan absurdo como pedirle disciplina académica a un fuego artificial: no pretende ser estudiada en una escuela de arte y ensayo, pretende ser disfrutada, y en eso triunfa sin matices. El placer culpable de dejarse arrastrar por sus excesos no le resta mérito; se lo suma. Quien esto firma lleva veintinueve capítulos conteniéndose las ganas de secarle las lágrimas a Ji Ling con la manga, y no le pesa reconocerlo. Solo cabe un reproche final: la piedra estelar reaparece en su segunda encarnación en el tramo final, y una no puede evitar pensar que habría sido un regalo mayor verla en su primera forma, la que porta la elegancia felina de Liu Yu.
En definitiva: una serie que triunfa precisamente donde más dramas fracasan, con un único lastre interpretativo que, por suerte, no logra hundir el conjunto.
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Manual práctico para desaprovechar una buena idea
Hay series que fracasan por falta de presupuesto. Otras por falta de talento. The Matchmakers pertenece a una categoría bastante menos frecuente: la de las que fracasan por empeñarse en desaprovechar todas y cada una de sus virtudes.Después de ver más de un centenar de dramas asiáticos, pocas veces me he encontrado una serie con tantos ingredientes para funcionar y tanto empeño en desperdiciarlos.
Y quiero ser justa con Rowoon, porque no creo que el problema sea él. Sus personajes suelen tardar unos episodios en arrancar; aquí, en cambio, da la impresión de que nadie llegó siquiera a meter la llave en el contacto. Shim Jung-woo pasa dieciséis episodios con la solemnidad de una figura del Museo de Cera. Da la impresión de que todas las decisiones creativas reman en la misma dirección: contener al personaje hasta dejarlo sin pulso emocional. El resultado es un protagonista incapaz de transmitir la menor pasión. Lo más frustrante es que desaprovechan precisamente aquello que Rowoon sí aporta: una presencia física imponente que en cualquier otro sageuk habría dado lugar a un héroe romántico inolvidable. Aquí lo convierten en un ratón de biblioteca pusilánime al que le dan miedo los perros.
Jung Soon-deok, por su parte, corre bastante mejor suerte como actriz que como personaje. Cho Yi-hyun vuelve a demostrar su carisma y su magnífica vis cómica, pero el guion se empeña en limar todas sus virtudes. Incluso una idea tan prometedora como su doble identidad termina dando lugar a situaciones difíciles de creer. Todos hacemos concesiones cuando vemos una ficción. Pero también entendemos las limitaciones cosméticas del siglo XVII, ¿verdad? Cuesta creer que unos retoques de maquillaje engañen incluso a quienes conviven contigo.
El romance es, sin duda, el mayor problema de la serie. Quienes vemos k-dramas acabamos desarrollando un reloj biológico muy particular: sabemos cuándo debería llegar el primer beso, cuándo despega la relación y cuándo el género empieza a pagar la deuda emocional que lleva construyendo durante varios episodios.
Aquí nunca ocurre. El romance entre los protagonistas no es un slow burn. Es un slow nothing. No ves a dos personas enamorándose. Ves a dos personajes que han leído el guion y saben que, a estas alturas del episodio, ya toca estar enamorados. Y cuando el espectador no espera con ilusión el primer beso, sino que simplemente espera empezar a creerse la relación, es que algo ha fallado mucho antes.
Paradójicamente, los secundarios consiguen exactamente lo contrario. Sus relaciones resultan mucho más naturales, más divertidas y bastante más emocionantes que la principal. Es bastante revelador que termines deseando volver con ellos cada vez que aparecen en pantalla.
La trama política tampoco termina de sostenerse. Los antagonistas apenas transmiten autoridad y toda la conspiración descansa sobre Park So-hyeon. El problema no es que sea ella quien mueva los hilos, sino que lo haga con absoluta naturalidad. En un Joseon donde la jerarquía era casi una religión, cuesta creer que la esposa de un ministro dicte decisiones políticas o que los propios ministros le pidan consejo públicamente.
Tampoco ayuda la extrañísima decisión de emparejar al príncipe heredero con Maeng Ha-na. En la ficción los separan diez años, una diferencia enorme cuando uno de ellos apenas es un adolescente. La incomodidad aumenta porque los propios actores se llevan diecisiete años, de modo que la sensación visual está mucho más cerca de una madre con su hijo que de una futura pareja.
La ruptura de la cuarta pared empieza siendo una idea simpática, pero acaba entrevistando hasta al apuntador. Lo que al principio aporta frescura termina recordándote constantemente que estás viendo una ficción.
El guion tampoco ayuda: acumula personajes prescindibles, conspiraciones construidas alrededor de alguien que nunca llegamos a conocer y conflictos que, sencillamente, dejan de existir porque la serie decide no volver a hablar de ellos. No resuelve sus problemas; simplemente deja de enfocarlos con la cámara.
The Matchmakers tenía una gran premisa, un buen reparto y todos los ingredientes para funcionar. Lo que le faltó fue alguien dispuesto a aprovecharlos.
Después de ver más de un centenar de dramas asiáticos, sigo pensando que hace falta un talento muy particular para desperdiciar tanto potencial con semejante constancia.
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