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Manual práctico para desaprovechar una buena idea
Hay series que fracasan por falta de presupuesto. Otras por falta de talento. The Matchmakers pertenece a una categoría bastante menos frecuente: la de las que fracasan por empeñarse en desaprovechar todas y cada una de sus virtudes.Después de ver más de un centenar de dramas asiáticos, pocas veces me he encontrado una serie con tantos ingredientes para funcionar y tanto empeño en desperdiciarlos.
Y quiero ser justa con Rowoon, porque no creo que el problema sea él. Sus personajes suelen tardar unos episodios en arrancar; aquí, en cambio, da la impresión de que nadie llegó siquiera a meter la llave en el contacto. Shim Jung-woo pasa dieciséis episodios con la solemnidad de una figura del Museo de Cera. Da la impresión de que todas las decisiones creativas reman en la misma dirección: contener al personaje hasta dejarlo sin pulso emocional. El resultado es un protagonista incapaz de transmitir la menor pasión. Lo más frustrante es que desaprovechan precisamente aquello que Rowoon sí aporta: una presencia física imponente que en cualquier otro sageuk habría dado lugar a un héroe romántico inolvidable. Aquí lo convierten en un ratón de biblioteca pusilánime al que le dan miedo los perros.
Jung Soon-deok, por su parte, corre bastante mejor suerte como actriz que como personaje. Cho Yi-hyun vuelve a demostrar su carisma y su magnífica vis cómica, pero el guion se empeña en limar todas sus virtudes. Incluso una idea tan prometedora como su doble identidad termina dando lugar a situaciones difíciles de creer. Todos hacemos concesiones cuando vemos una ficción. Pero también entendemos las limitaciones cosméticas del siglo XVII, ¿verdad? Cuesta creer que unos retoques de maquillaje engañen incluso a quienes conviven contigo.
El romance es, sin duda, el mayor problema de la serie. Quienes vemos k-dramas acabamos desarrollando un reloj biológico muy particular: sabemos cuándo debería llegar el primer beso, cuándo despega la relación y cuándo el género empieza a pagar la deuda emocional que lleva construyendo durante varios episodios.
Aquí nunca ocurre. El romance entre los protagonistas no es un slow burn. Es un slow nothing. No ves a dos personas enamorándose. Ves a dos personajes que han leído el guion y saben que, a estas alturas del episodio, ya toca estar enamorados. Y cuando el espectador no espera con ilusión el primer beso, sino que simplemente espera empezar a creerse la relación, es que algo ha fallado mucho antes.
Paradójicamente, los secundarios consiguen exactamente lo contrario. Sus relaciones resultan mucho más naturales, más divertidas y bastante más emocionantes que la principal. Es bastante revelador que termines deseando volver con ellos cada vez que aparecen en pantalla.
La trama política tampoco termina de sostenerse. Los antagonistas apenas transmiten autoridad y toda la conspiración descansa sobre Park So-hyeon. El problema no es que sea ella quien mueva los hilos, sino que lo haga con absoluta naturalidad. En un Joseon donde la jerarquía era casi una religión, cuesta creer que la esposa de un ministro dicte decisiones políticas o que los propios ministros le pidan consejo públicamente.
Tampoco ayuda la extrañísima decisión de emparejar al príncipe heredero con Maeng Ha-na. En la ficción los separan diez años, una diferencia enorme cuando uno de ellos apenas es un adolescente. La incomodidad aumenta porque los propios actores se llevan diecisiete años, de modo que la sensación visual está mucho más cerca de una madre con su hijo que de una futura pareja.
La ruptura de la cuarta pared empieza siendo una idea simpática, pero acaba entrevistando hasta al apuntador. Lo que al principio aporta frescura termina recordándote constantemente que estás viendo una ficción.
El guion tampoco ayuda: acumula personajes prescindibles, conspiraciones construidas alrededor de alguien que nunca llegamos a conocer y conflictos que, sencillamente, dejan de existir porque la serie decide no volver a hablar de ellos. No resuelve sus problemas; simplemente deja de enfocarlos con la cámara.
The Matchmakers tenía una gran premisa, un buen reparto y todos los ingredientes para funcionar. Lo que le faltó fue alguien dispuesto a aprovecharlos.
Después de ver más de un centenar de dramas asiáticos, sigo pensando que hace falta un talento muy particular para desperdiciar tanto potencial con semejante constancia.
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