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Ashes to Crown chinese drama review
Dropped 7/24
Ashes to Crown
0 people found this review helpful
by Itkdev
2 days ago
7 of 24 episodes seen
Dropped
Overall 2.5
Story 2.0
Acting/Cast 4.0
Music 3.5
Rewatch Value 1.0

Mucho complot para no ir a ninguna parte



Ashes to Crown tenía todo para gustarme. Renacimiento, venganza, intrigas palaciegas, familias destruidas, enemigos políticos, una protagonista que conoce buena parte de lo que va a ocurrir y que, en teoría, debería volver a su segunda vida con una ventaja estratégica de campeonato. Vamos, que la serie venía prácticamente envuelta para regalo. Yo solo tenía que sentarme y disfrutar viendo cómo Chu Zhao utilizaba sus recuerdos para adelantarse a todo el mundo, desmontar conspiraciones y cambiar su destino. Ocho episodios después, la he abandonado porque la pobre mujer parece ser la única persona de la historia que no sabe qué está pasando.

El gran problema de Ashes to Crown es que su protagonista ha renacido, sí, pero a veces da la impresión de que ha dejado el manual de instrucciones en la vida anterior. Chu Zhao planea algo, le sale regular; confía en alguien, la traicionan; intenta corregir el rumbo, vuelve a equivocarse; aparece otra persona para sacarla del agujero y, cuando una piensa que quizá haya aprendido algo de todo aquello, allá que se mete alegremente en otro. Y no tendría ningún problema con verla fracasar si esos fracasos construyeran una estratega cada vez más peligrosa, pero no es esa la sensación. Más bien parece ir dando bandazos mientras el guion insiste en que admiremos lo lista que es. Una protagonista renacida debería hacerte pensar «pobres desgraciados, no saben con quién se están metiendo». Aquí yo pensaba más bien «por favor, que alguien le quite las decisiones importantes».

Tampoco ayuda que Chu Zhao sea bastante siesa. No fría, no contenida, no misteriosa: siesa. Hay personajes silenciosos que llenan una habitación sin abrir la boca y personajes que parecen estar esperando a que alguien les diga que ya pueden marcharse de la escena. Ella, por desgracia, pertenece demasiado a menudo al segundo grupo. Con semejante pasado, semejante información y semejante deseo de cambiar las cosas, esperaba intensidad debajo de esa calma. Lo que encontré fue una mujer con expresión de estar repasando mentalmente si había dejado apagado el brasero.

Xie Yanlai tampoco consigue levantar demasiado el asunto. Se supone que es inteligente, peligroso, intrigante y políticamente relevante, pero después de ocho episodios seguía esperando que hiciera algo que me obligara a interesarme por él. No me importa en absoluto si el romance avanza, retrocede o se va de vacaciones a otra provincia; lo que necesito es que un protagonista tenga entidad fuera de la relación amorosa. Aquí la serie parece convencida de que basta con colocar a un hombre atractivo mirando intensamente a la gente para que automáticamente adquiera profundidad política. Pues no. Puede mirar todo lo intensamente que quiera. Si el personaje no me provoca curiosidad, sigue siendo un señor muy concentrado mirando cosas.

Y entonces llegamos al joven emperador, que merece capítulo aparte porque sospecho seriamente que también ha renacido y nadie se ha molestado en avisarnos. El niño juega al go como Dios, interpreta movimientos políticos como un veterano de veinte golpes de Estado, habla como un ministro jubilado y comprende situaciones que adultos con décadas de experiencia no ven venir. Que sea precoz, perfecto. Que sea inteligente, estupendo. Que parezca un funcionario de cincuenta años atrapado accidentalmente en el cuerpo de un crío ya requiere cierta suspensión de incredulidad. Lo mejor es que él, que supuestamente no conserva recuerdos de otra vida, parece tener bastante más claro lo que ocurre que Chu Zhao, que sí los conserva. Incluso termina salvándole las castañas del fuego más de una vez. Es decir, la mujer vuelve de la muerte con información privilegiada y aun así necesita que la rescate un niño prodigio que probablemente podría gestionar un imperio, ganar un torneo de go y hacer la declaración de la renta antes de merendar.

Lo verdaderamente desconcertante es que la serie ni siquiera puede refugiarse en aquello de «es que es lenta». No. Pasan cosas constantemente. Hay reuniones, conspiraciones, traiciones, movimientos de piezas, conversaciones solemnes, gente mirando mapas y explicando estrategias con cara de estar decidiendo el destino del continente. El problema es que puedes terminar un episodio entero y sentir que no ha pasado absolutamente nada. Es una especie de fenómeno paranormal narrativo: cuarenta minutos de acontecimientos capaces de producir cero sensación de avance. Muchísimo complot, muchísimo secreto, muchísimo «esto cambiará el tablero» y yo mientras haciendo ganchillo y preguntándome cuándo pensaban empezar a jugar la partida.

Y sí, llegó un momento en que ni siquiera me servía como serie de fondo. Ese fue el golpe definitivo. Hay dramas mediocres que al menos cumplen una función social: acompañan mientras cocinas, coses, haces ganchillo o finges que vas a ordenar un cajón. Ashes to Crown consiguió que hasta eso me resultara pesado. Levantaba la vista de vez en cuando y allí seguían todos conspirando con enorme entusiasmo sin que yo pudiera detectar qué había cambiado desde la última vez que miré. Al parecer, intrigar tanto cansa mucho pero no necesariamente lleva a ninguna parte.

La abandoné en el episodio 8, así que no voy a fingir que puedo juzgar su desenlace ni toda la serie. Quizá en el noveno Chu Zhao despierte, Xie Yanlai desarrolle personalidad propia y el pequeño emperador revele que en realidad es un inmortal de ochocientos años. Todo es posible. Pero ocho episodios son más que suficientes para saber si una historia te está ofreciendo algo a cambio del tiempo que le estás dedicando, y esta dejó de hacerlo bastante antes de que yo quisiera admitirlo.

La premisa era magnífica. La ejecución, en cambio, parece empeñada en demostrar que se puede renacer, conocer el futuro, participar en conspiraciones palaciegas y aun así pasarse ocho episodios sin encontrar el camino.
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